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CulturaLA NACIONJaime Bayly

El mundo es apenas lo que ven mis ojos

El mundo es apenas lo que ven mis ojos

En resumen

El mundo, que es apenas lo que ven mis ojos, se agrieta lentamente a mi alrededor, como se derrite un bloque de hielo antártico. Envejecer no es solo sumar años y descubrir canas y arrugas. Envejecer es hacerme torpe y lento, desconfiado y cascarrabias. Envejecer es empequeñecerme, encogerme, volverme irrelevante, casi

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El mundo, que es apenas lo que ven mis ojos, se agrieta lentamente a mi alrededor, como se derrite un bloque de hielo antártico. Envejecer no es solo sumar años y descubrir canas y arrugas.

Envejecer es hacerme torpe y lento, desconfiado y cascarrabias. Envejecer es empequeñecerme, encogerme, volverme irrelevante, casi invisible.

En la familia de mi madre hay ancianos que se caen de puro viejos, que usan pañales, que caminan con andador o con bastón, que dependen de una enfermera para bañarse. Yo no quiero caerme de viejo, usar pañales y ducharme con una enfermera.

Prefiero irme antes. Admiro a los suicidas lúcidos.

No todos los suicidas son lúcidos.

Conocí a uno, un hombre de una inteligencia y una vanidad poderosas, que prefirió quitarse la vida antes de cumplir setenta años para evitarse las indignidades de la cárcel, unas humillaciones que su padre había sufrido cuando él era un niño.

Conocí a otro, un escritor sabio, que eligió a los ochenta años una muerte serena, indolora, asistida, para no sufrir las consecuencias nefastas de una enfermedad terminal que lo habría rebajado a la condición de despojo.

También conocí a un actor talentoso que saltó del balcón a las tinieblas de

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Referencias