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GeneralLA NACIONAlejandro Gorenstein

Vivía con culpa, se camufló para encajar y descubrió que era altamente sensible: “Hoy le doy rienda suelta a mi intensidad”

Vivía con culpa, se camufló para encajar y descubrió que era altamente sensible: “Hoy le doy rienda suelta a mi intensidad”

En resumen

A los 14 años, en la esquina de Las Heras y Austria, Sigrid Dziwak se quedaba inmóvil al ver cruzar a una pareja de ancianos tomados de la mano o al cruzarse con la mirada desamparada de un perro callejero. Sentía un nudo instantáneo en la garganta y una marea de lágrimas incontenibles que sus compañeros de colegio jam

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A los 14 años, en la esquina de Las Heras y Austria, Sigrid Dziwak se quedaba inmóvil al ver cruzar a una pareja de ancianos tomados de la mano o al cruzarse con la mirada desamparada de un perro callejero.

Sentía un nudo instantáneo en la garganta y una marea de lágrimas incontenibles que sus compañeros de colegio jamás lograban comprender.

Para la mirada externa no era más que una tarde cualquiera en la ciudad; para ella, el mundo vibraba a un volumen ensordecedor y con una intensidad que dolía.

Durante décadas, se sintió “rara”, desajustada , como si hubiera venido al mundo con una falla de fábrica en el sistema de filtros emocionales.

Años más tarde, ya en su vida adulta y de novia con quien hoy es su actual marido, cada encuentro familiar multitudinario se convertía en una odisea silenciosa: conversaciones a los gritos, risas estrepitosas y una vorágine de estímulos que la sobrepasaban por completo .

Su mecanismo de defensa era inventar recorridos de supervivencia: escapar al baño incontables veces, sentarse en el piso a jugar con las mascotas o refugiarse con los niños pequeños .

Siempre convivía con el mismo reproche interno: la sospecha constante de que había algo roto o de

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Referencias