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GeneralEL PAÍS: el periódico globalAntonio Muñoz Molina

Perder las formas

Perder las formas

En resumen

Manuel Fernández-Montesinos apenas se acordaba de su padre ni de su tío Federico, asesinados los dos, con un día de diferencia, cuando él tenía cuatro años. Las fotos le concedían un espejismo de memoria. En la vida de un niño las personas desaparecen y nadie se ocupa de darle explicaciones, por un deseo de protección

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Manuel Fernández-Montesinos apenas se acordaba de su padre ni de su tío Federico, asesinados los dos, con un día de diferencia, cuando él tenía cuatro años. Las fotos le concedían un espejismo de memoria.

En la vida de un niño las personas desaparecen y nadie se ocupa de darle explicaciones, por un deseo de protección que a Fernández-Montesinos le pareció siempre equivocado.

El padre y el tío tan querido unas veces están y otras ya no están, y ni siquiera vuelven a aparecer en ese porvenir indeterminado de la conciencia infantil, regresados de un viaje, trayendo ese regalo que quizás el niño no olvide nunca, aunque no pueda recordar al que fue su porrtador.

El espacio en blanco de los muertos lo ocuparon en la niñez y la juventud de Manuel Fernández-Montesinos dos hombres mayores que a él se lo parecerían más aún, físicamente bien sólidos, a diferencia de los queridos fantasmas fotográficos, con un aspecto formal de señores de otro tiempo, casi de otro siglo: su abuelo Federico y quien él llamó siempre el tío Fernando, Fernando de los Ríos.

En las fotos don Federico García Rodríguez tiene una gran cabeza cuadrada sobre un torso cuadrado y fornido, más rotundo aún por los hombros re

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