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GeneralLA NACIONNicolás José Isola

Lio, gracias por dejarnos bailar con vos

Lio, gracias por dejarnos bailar con vos

En resumen

No sé por dónde empezar, Lio, porque tengo una basurita en el ojo con tu nombre. Quizás pueda empezar por decirte lo más hondo: tus lágrimas nos liquidan, nos quiebran el alma, nos parten al medio. Te hicimos tan nuestro que nos pasa lo que te pasa. Si sonreís, todo se ilumina. Si te derrumbás, se nos cae todo y no que

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No sé por dónde empezar, Lio, porque tengo una basurita en el ojo con tu nombre. Quizás pueda empezar por decirte lo más hondo: tus lágrimas nos liquidan, nos quiebran el alma, nos parten al medio.

Te hicimos tan nuestro que nos pasa lo que te pasa. Si sonreís, todo se ilumina.

Si te derrumbás, se nos cae todo y no queda ladrillo interno de pie. Soy de los que, allá por 2014 y 2016, cuando muchos te decían que no sentías la camiseta, te defendía en bares y asados.

No. No lo digo para hablar de mí, sino para hablar de vos.

Hoy lo entiendo mejor: te defendía porque te quería y me enojaba que no te valoraran. Ya estabas metido dentro.

Pero te metiste mucho más. Te quería porque te veía ser Maradona cada tres días en el Barça.

Te quería porque sentando en un sillón me llevabas de viaje hacia la belleza. Quizás no te des cuenta, pero hay un instante, previo a que toques la pelota, que debería tener algún nombre largo en alemán o corto en japonés.

El nombre de esa expectativa divina de que estás por crear, una vez más delante de nuestros ojos, lo que ya vimos miles de veces: el diálogo suave y letal de ese objeto redondo y tus dos pies sutiles, que en verdad son las manos de un mago que

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