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GeneralEL PAÍS: el periódico globalPedro Torrijos

El zar que se negó a subir en ascensor (o cómo este invento acabó con las viejas jerarquías para crear unas nuevas)

El zar que se negó a subir en ascensor (o cómo este invento acabó con las viejas jerarquías para crear unas nuevas)

En resumen

El ascensor es un invento que tiene ya unos dos mil años. En algunas de las insulae romanas –edificios de apartamentos que podían alcanzar las ocho plantas– ya había ascensores tirados por fuerza de sangre. Pero el ascensor moderno, el mecánico, el que existe gracias al freno de seguridad que ideó Elisha Otis, apenas l

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El ascensor es un invento que tiene ya unos dos mil años. En algunas de las insulae romanas –edificios de apartamentos que podían alcanzar las ocho plantas– ya había ascensores tirados por fuerza de sangre.

Pero el ascensor moderno, el mecánico, el que existe gracias al freno de seguridad que ideó Elisha Otis, apenas llega al siglo y medio de antigüedad, que parece poca cosa (de ahí el “apenas”), pero que es una eternidad en términos de transformación de la ciudad.

Sin el ascensor la gente en silla de ruedas estaría condenada a vivir en el plano horizontal, sin el ascensor no habría rascacielos ni torres de comunicaciones ni grúas que construyeran esas torres.

Sin el ascensor el mundo sería otro, y nosotros lo usamos cada día como si nada, entramos en uno cada día, pulsamos los botones cada día y cada día nos peleamos con nuestros hijos pequeños para que no pulsen todos los botones a la vez.

El ascensor es paisaje cotidiano. Pero no siempre fue así.

Al principio, hubo muchas personas que se negaron a usarlos, a veces por miedo, a veces, como en el caso del zar Nicolas II, los consideraban una amenaza existencial para su estatus. Siéntate, que te voy a contar una historia.

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Referencias