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GeneralLA NACIONConrado Estol y Gustavo Saposnik

El tiempo que el almanaque no puede medir

El tiempo que el almanaque no puede medir

En resumen

Imaginen dos relojes de arena, idénticos, puestos a correr el mismo día hace sesenta y cinco años. En uno, la arena de abajo ya ocupa casi todo el espacio disponible. En el otro, todavía queda mucha arena arriba, cayendo despacio. Ahora imaginen que esos dos relojes son dos hombres que cumplen años el mismo día, con el

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Imaginen dos relojes de arena, idénticos, puestos a correr el mismo día hace sesenta y cinco años. En uno, la arena de abajo ya ocupa casi todo el espacio disponible.

En el otro, todavía queda mucha arena arriba, cayendo despacio. Ahora imaginen que esos dos relojes son dos hombres que cumplen años el mismo día, con el mismo documento de identidad.

La diferencia entre ellos no es el calendario. Es la velocidad con la que cae la arena.

Esa velocidad hoy se puede medir. La rigidez de las arterias.

La placa que ya las recubre. La inflamación silenciosa del cuerpo.

Las marcas químicas que el tiempo deja sobre el ADN y que el científico Steve Horvath demostró, hace dos décadas, que funcionan como un reloj biológico propio, distinto del reloj del documento.

Con esas mediciones, uno de esos dos hombres tiene hoy un cuerpo de 60 años. El otro, de 74.

Catorce años de diferencia real, entre dos personas que el almanaque insiste en declarar iguales.

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Referencias