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GeneralLA NACIONCarola Gil

El arte romano de enterrar el rayo: del miedo infantil a las tormentas a un hallazgo arqueológico en la villa de Adriano

El arte romano de enterrar el rayo: del miedo infantil a las tormentas a un hallazgo arqueológico en la villa de Adriano

En resumen

En las noches de tormenta de mi infancia, con un declarado miedo a los truenos, me quedaba inmóvil en la cama viendo los relámpagos que iluminaban el cielo y la manera en la que mi cuarto se encendía repentinamente, como si alguien hubiese apretado por un segundo la tecla de la luz. Sabía dos cosas: que los rayos y rel

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En las noches de tormenta de mi infancia, con un declarado miedo a los truenos, me quedaba inmóvil en la cama viendo los relámpagos que iluminaban el cielo y la manera en la que mi cuarto se encendía repentinamente, como si alguien hubiese apretado por un segundo la tecla de la luz.

Sabía dos cosas: que los rayos y relámpagos siempre precedían al trueno y que la distancia a la que se encontraba la tormenta podía calcularse.

Aunque sucediesen exactamente en el mismo instante, por la diferencia entre las velocidades a las que viajan la luz y el sonido, veía el destello antes de escuchar el estruendo.

El sonido viaja a unos 343 metros por segundo, mientras que la luz lo hace a casi 300.000 kilómetros por segundo.

Desde mi cama tenía que contar los segundos que pasaban entre el relámpago y el trueno y dividir ese número por tres: ahí sabría a cuántos kilómetros estaba la tormenta.

Pero entre el pavor que me provocaba el estruendo y mi inhabilidad natural para cualquier cálculo matemático, solo atinaba a taparme ojos y orejas, esperando que pasara o que, con suerte, me ganase el sueño.

Las personas que cambian de opinión en público no es por falta de carácter; esta es la razón Me gustab

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Referencias