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CulturaEL PAÍS: el periódico globalIgnacio Peyró

Casas con olor a libro

Casas con olor a libro

En resumen

Vivo pared con pared con una iglesia, lo que en Roma no tiene ningún mérito, pero sí alguna ventaja: no perdono, por ejemplo, el chiste malo de decir que soy “vecino de Dios”, y los lunes por la mañana me llega un canto de los monjes que, al comenzar la semana, calma las irritaciones mejor que un after shave . En Londr

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Cultura

Vivo pared con pared con una iglesia, lo que en Roma no tiene ningún mérito, pero sí alguna ventaja: no perdono, por ejemplo, el chiste malo de decir que soy “vecino de Dios”, y los lunes por la mañana me llega un canto de los monjes que, al comenzar la semana, calma las irritaciones mejor que un after shave .

En Londres, en cambio, vivía al lado de una biblioteca , la London Library, con la que la relación era aún más sosegada: allí no había ni monjes ni salmodias, sino un millón de libros refrendando el silencio.

La biblioteca y mi cocina estaban separadas por un patio muy pequeño, de modo que a veces, mientras preparaba el café o cocía unos huevos, me sobresaltaba la aparición de un lector en uno de esos pasillos que, atestados de libros, eran dignos de una pesadilla claustrofóbica.

Estos lectores parecían responder siempre a un mismo patrón humano: en el gesto, llevaban la mezcla de avidez y concentración de quien se ha entregado al placer solitario de la caza libresca; en el cuerpo, las formas propias de quien, efectivamente, ha pasado más tiempo en las bibliotecas que en los gimnasios.

En definitiva, gentes solitarias, algo hurañas y muy suyas, como bien puede ocurrir con los

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Referencias